La está viendo allí acodada en la barra, charlando animadamente con un tío dos cabezas más alto que ella. Él apenas le sacaba unos centímetros. Lleva un abrigo nuevo, de color más tostado que los que solía ponerse antes. No es ninguno de los que él le quitaba con las mano ávidas y heladas tropezando en los botones.
Y también ha cambiado de peinado, ahora el pelo le recorta la línea de la mandíbula.
Era perfecta entonces y lo sigue siendo ahora. El maquillaje sobrio, las joyas discretas, las maneras distinguidas, la sonrisa comedida. Su elegancia natural, aquí, allí, entonces.
Con un escalofrío se pregunta que llevará debajo del abrigo y aunque está claro que su cita ya no va a llegar, se acomoda en la silla y dilata un poco el apurar de los últimos tragos de cerveza.
Ella pide café y el otro tío la escolta hasta una mesa...y le aparta la silla. Desabrocha uno, dos, tres botones.
Hielo.
Debajo, la camisa esa de leñador que él le regaló porque interiormente aborrecía sus jerseys de cachemir y el miedo a darlos de sí, esa que él sabía, creía, que solo se ponía en sus citas porque en el fondo ella era blanca y rosa y no de cuadros granates. Por que él sabía, creía, que esa camisa en el fondo...no le gustaba.
La pinta se vacía y con ella desaparecen otras dudas que entontes también le atormentaban.
Él ya no está y sin embargo la camisa perdura.
Maldito error.
Tal vez aún esté a tiempo. Pide la cuenta y se acerca a la barra vigilante, preparado. Pero antes de que le den las vueltas, el otro tío la besa.
Y ella sonríe.

Bueno, muy bueno. ;)
ResponderEliminaraunque sonría, seguro que se muere de ganas por que él vuelva y le quite el abrigo nuevo..
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