Sin imágenes, en silencio.


Su madre la mira helada. Las fotos siguen desparramadas por el suelo tal cual han caído, como un abanico de naipes extendido sobre el mantel de un habilidoso mago. Desnudos, retratos, paisajes que hasta entonces habían permanecido ocultos encima del armario sin prever la limpieza general de Septiembre. Maldita sea, a la vista de la cara espantada de su progenitora se le hace obvio que ese impulso de esconder las imágenes fue acertado, aunque le supusiera ahogar su arte con la resolución de la cámara del móvil para no dar explicaciones.
¿Qué pensará ahora de su inocente niña que tal solo se dedicaba a los apuntes? ¿Qué pensará al saber que con lo mucho que le importan los estudios y que no se distraiga, ha estado perdiendo el tiempo experimentando con enfoques y aperturas e iluminaciones?
Entonces su madre, con esa cara de haber visto un fantasma, sin decir palabra regresa a su propia habitación. Al armario. No, al altillo. A esa caja donde, ella bien lo sabe, quedan los recuerdos de un hombre ausente, desconocido. De donde tan solo hace unos meses le desenterró la carta aún sellada que llevaba años esperando a su nombre. Esa caja de Pandora de la que nunca se habla, por miedo a saber, por miedo a preguntar, pormiedo a lo recuerdos que ella no tiene.
Y entonces, en silencio pero como un mazazo dado en el vacío, que no se oye pero golpea de todas formas, de allí emerge una cámara de una veinte o veinticinco años de edad. Viene sin nota, viene sin palabras, hasta viene sin imágenes.
Para ella.
En silencio.
Clic.

1 comentario:

  1. ay, qué cosa tan bonita. sin más palabras. la imagen es demasiado fuerte.
    (el clic me ha encontrado mediollorando, aunque seguro que a ella no le importa)

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