Tormenta

Hoy no ha sido un gran día y eso que lo ha estrenado con un polvo matutino de esos que te dejan la mente clara y la boca fresca del sensual caramelo de menta, afrodisiaco apto para todos los bolsillos aficionados al sexo oral.
Pero Daniel es tan idiota…
Y luego ese dichoso gato que ni siquiera sale de debajo de la mesa para decir buenos días.
Conducir con tacones no es lo más fácil cuando pilotas un bólido plateado que amenaza con perder el motor en la próxima curva a derechas, ras.
Las clases son una especie de refugio carente de sentimientos y es mejor aferrarse al hombre que se desliza sobre la tarima y al que no le importas un carajo para enhebrar en él, que tan ajeno camina, el hilo que remienda tus heridas. Poco a poco. Una suave punzada repetitiva.
El Smartphone bajo la mesa. Tuenti sin nadie conectado. Ídem en Facebook. En Twitter solo dicen estupideces a sus ojos bajos que de vez en cuando se alzan para seguir cosiendo, poco a poco, al tiempo que se dibujan las letras rizadas de los apuntes…y el móvil que no suena.
Daniel es tan idiota…y ve el suspenso en la plataforma virtual. Daniel es tan idiota…y la comida se ha quemado mientras ella rastraba la casa en busca de ese saco peludo que elige los lugares más insospechados para dormitar cuando no está de caza por las terrazas.
El móvil suena y lo da la vuelta. Anda, calla, que si no abro la ventana aprisa me encuentran aquí asfixiada.
Tal vez podría dar un paseo pero a lo peor las nubes de su cabeza precipitan bruscamente al exponerlas al frío y al viento y le saltan relámpagos, o lo que sería aún un poco más peligroso, rayos. Que los rayos van a tierra y ella no quisiera prender fuego a ninguno de los árboles resecos o al suelo alfombrado de hojarasca.
El móvil ha dejado de sonar.
El gato sale reptando de debajo de la mesa y salta a su regazo donde se aovilla. Por una vez no le importa mojarse un poco, hasta se relame un poco las gotas que le han empezado a llover.
La habitación queda oscura aunque fuera asome un sol mortecino, pero ella no llegará a verlo caer lentamente, los ojos vueltos al animal negro del regazo, al humo oscuro de la habitación, a los truenos que resuenan en la tormenta amoratada que se cierne sobre sus cejas y no le deja levantarlas, que le ahoga la nariz y no le permite ni abrir la boca.
Así pasan las horas.
La puerta de la cocina se abre y allí está él con el móvil en la mano y una leve línea que le parte la frente, y media sonrisa, y sin paraguas porque, bueno, porque afuera ni chispea.
Por allí, un poco por encima de la oreja izquierda, bordeando un aro de plata, se siente una leve brisa. Sí, parece que se incrementa. Puede ser el viento suave pero pertinaz arrastre las nubes.
Daniel y el gato se miran. Los dos intentan rescatar unas gotas antes de que se formen, el uno con las yemas de los dedos, el otro con la punta de la lengua.
Por allí por la izquierda, llega la calma. 

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