La regla implícita del sábado



Vestido lencero. Ja. A eso mi madre la llamaría picardías, pero no sé por qué estoy pensando en eso. En mi madre, quiero decir. A mi no me queda claro como llamarlo.
Yo podría marcarle un tango apache si se calzara unos buenos tacones pero es que está descalza.
                                                                                                                 
Esta vida es dura, tan dura que no me la puedo quitar de la cabeza. Me enfado con el mundo cuando lo que estropea todo lo que se me acerca soy yo. Conocer a Hannah Horvath solo me hizo hundirme un pelín más. Mejor para él que me ofendiera y se alejara. Ni siquiera disfruto de ser tan única que ni yo me aguante. Soy demasiado complicada y sin embargo quisiera ser como las demás, quisiera tener en la cabeza lo mismo que estos que bailan a mi alrededor. Me gustaría no ser un poco más alta, no estar un poco más delgada pero tener su cabeza vacía. O como aquel de la barra que me mira. Me gustaría que pudiera subir acá conmigo y poder seguir la regla implícita del sábado.

Y en esto que deja la plataforma, los tacones y se alza sobre el piano de cola aparcado en un lateral del local.

Y él que abandona la barra y el cubata. Un pie en la tarima, otro en el taburete, el teclado, la tapa.

La pata cede. La multa será de infarto. La regla implícita del sábado quedará atrapada bajo las astillas.

1 comentario:

  1. Lo desconocía pero me ha encantado esta entrada. Yo también quiero romper las normas. ;)

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